domingo, 9 de agosto de 2009

PERSONAJES VII

Don Jaime Chávez





No recuerdo haber estado nunca en un hospital, sin embargo permanecí en uno mucho tiempo. Corrían días duros y de mucha inseguridad, me solía decir mi madre: - No sabía si vivirías o morirías y, mientras, en la calle, todos hablaban de revueltas, golpes de Estado y guerra civil , ante la muerte del dictador. Y es que lo del don de la oportunidad es cosa mía. Sólo a mí se me ocurre venir al mundo sin señal cardíaca y cerebral, con veinte días de retraso y dando a entender que estoy muerta (para mí que andaba meditando), dando lugar a que se me sacara a lo bestia, con fórceps, para salvar la vida en peligro de mi madre, provocándome un desprendimiento de cadera, lesiones cerebrales y dañando estómago e intestinos. Fueron meses duros, para mi madre. Yo la verdad, que como no me someta a una regresión o algo similar, no soy consciente de ese primer año de mi vida.


Por aquel entonces, don Jaime Chávez era el director del hospitalito en Santa Cruz. Lo recuerdo como a un hombre flaco y canoso, de gafas, bata blanca y camisas a cuadros, que tenía su consulta en un segundo piso. Es obvio, que superada una prueba por la que nadie apostaba, y resultando que ni invalidez cerebral ni locomotriz para asombro de todos, mis visitas al médico fueron constantes y mi madre, muy inteligente, conservó como pediatra a uno de los partícipes del milagro (que algo también tuvimos que ver mi madre y yo, para empezar, en la resolución del asuntillo).


Su despacho estaba tras la puerta de madera, al fondo a la izquierda. Frente a la puerta de entrada, otra puerta mitad madera, mitad cristal ocre y ahumado, resultaba ser la puerta del misterio, la puerta por la que salía de vez en cuando una enfermera de bata y delantal, de pelo rizado y un culo enorme. Justo en la entrada, la sala de espera, sosa muy sosa: paredes blancas, dos revisteros, uno para adultos, otro para niños, y muchas de esas sillas de cuero y madera con tachones grandes a los lados que recuerdan un poco a la Edad Media o el Imperio romano, de ésas que se pusieron de moda en todos los apartamentos del sur hasta bien entrados los noventa. ¡Me encantan esas sillas! Eso era todo lo que incluía la sala de citas. Por aquel entonces, la didáctica y la pedagogía no habían llegado a las consultas de pediatría. Las esperas consistían en sentarte quietecita y callada, limitándote con un poco de suerte, a balancear las piernas y contemplar a otros que eran comparados contigo, porque gritaban, corrían, no se estaban quietos y terminaban alcanzando una torta de las de antes, de las de "como Dios manda". Quien contemplase aquella sala no diría nada bueno de don Jaime y, por juzgar solo la superficie, se equivocaría.


Cuando la enfermera pronunciaba tu nombre, pasabas a otro mundo bien distinto. Un despacho oscuro de gruesas cortinas y un único punto de luz y blancura en la esquina del fondo, con la camilla, las placas, los cachibaches y el biombo. Al lado, enormes librerías y muchos libros, en el centro, su mesa, todavía más medieval y romana, con juego de escritorio, lamparilla, elefantes, muchos papeles y lo que más me gustaba de todo el despacho, una figurita de piedra que representaba a tres monos cachondos, el que se tapa los ojos, el que tapa los oídos y el de la boca. No hizo falta que nadie me explicase qué significaba, gané la interpretación con los años. De resto, nada más en el despacho, salvo el mueble mágico, el que estaba junto a la ventana.


La cita empezaba siempre con un saludo diferente para ambas y muchas preguntas a mi madre; yo desconectaba, sabía que era el momento de comprobar si ya no devolvía y me comía el hígado. Luego tocaba ir al sector biombo y someterte a cosas frías que te recorrían el pecho y la espalda y te mandaban a respirar, palitos hasta la garganta, cosas por los oídos, peso en una balanza y toma de notas; eso sí, con las piernecitas aliviadas y liberadas. Luego llegaba lo mío, lo propio, examinar las últimas pruebas realizadas en el hospitalito, llamar a la enfermera, meterme los pies en aquel aparato tan doloroso y regalarme el caramelo mágico. Tenía truco el caramelo. Era grande y rojo, te lo metías entero en la boca y cerrabas los ojos, no podías dejar de moverlo de un lado a otro, por orden del médico. En ese momento, casi no notabas el plástico que te oprimía los brazos o las agujas que entraban por ambos. Se te hacía más corto el tiempo que permanecías así, reclinada sobre la larguísima camilla. Cuando terminaba, el comentario solía ser casi el mismo: - Con que haciendo honor a su nombre señorita, Doña Rita, Rita, Rita, la santita de los imposibles, la que lo que da no se quita, y tú has decidido quitarme a mí la paciencia antes de irte para ningún lado. Quien iba a decir que esta gallinita nos iba a salir para adelante. Entonces me aseguraba estar muy orgulloso de mí y de lo bien que me había portado, y de que estuviese haciendo caso en todo (lo más duro el hígado y las espinacas, lo más sencillo los ejercicios en la piscina). Entonces.... ¡cha, cha,chán! iba al mueble mágico que escondía de todo, y sacaba un pitufo, una figura de plástico que darme, y nunca repetida. -"Hoy te mereces al pitufo fortachón", otro día era merecedora de pitufina o de una casita, o de pitufo poeta, que conservo y llevo conmigo a todas partes, y me desordenaba el pelo, que ya de por sí lo llevaba revuelto y me daba un beso en la frente y me preguntaba por mis planes de futuro, porque alguien que se aferraba tanto a la vida algún plan tenía, y yo le contestaba ser como usted (pasé de lesión cerebral a cierta precocidad), él sonreía, pero de verdad. Don Jaime estuvo en mi vida cada diez días durante diez años. Para entonces habían remitido asma y alergia, mi cabeza andaba como ahora (algún fallo había de tener), mis piernas eran fuertes y firmes, mi estómago aguantaba de todo. Nos separamos. No lo vi más. Lo evocaba constantemente. Falleció años después, no lo supe a tiempo, lo lloré más que a mi propio abuelo. Hoy todavía lo evoco. T. A.

1 comentario:

  1. Vaya homenaje al doctor, Rita. Fijo que si pudiese leerlo te repetía eso de que está orgulloso de ti.

    Abrazos pretos.

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